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El clima

La resistencia de los árboles y arbustos varía enormemente. Algunas especies soportan hasta 40º grados bajo cero mientras otras no sobrevivirían a la más ligera helada. Los extremos impuestos por el clima de la zona donde habitamos no deben nunca ignorarse y también deben ser el factor principal a la hora de elegir nuestras plantas. La helada es con toda probabilidad es el mayor asesino de plantas, pero tampoco debemos subestimar el viento, la sequía, los rigores del sol y la brisa cargada de sal cuando se vive cerca de la costa.

cultivo árboles y arbustos

Aunque puedan verse palmeras sobreviviendo entre la nieve y a sabiendas de que el objetivo de cualquier planta es salir adelante como sea, a la larga es mejor para el jardinero acomodarse al clima que estar en constante pelea con él. Sin embargo, siempre estamos tentados a cultivar plantas que están al borde de la tolerancia climática y es sorprendente lo que puede crecer en los lugares más inapropiados cuando se facilita protección. Para proteger las plantas delicadas de las heladas fuertes o prolongadas pueden situarse contra un muro resguardado, también junto a otros árboles y arbustos o bajo sus ramas. Bajo su copa, un gran árbol de hoja caduca proporcionará a otras plantas más pequeñas resguardo contra el sol y el calor del verano y durante el invierno, ya sin hojas, les atenuará el frío a la vez que permite que les llegue abundante luz. El acolchado encima de las raíces y el forrado de tronco y ramas con materia vegetal o incluso plástico también es una buena medida de protección. Vallas y setos cortavientos protegen contra lo peores daños causados por los vientos, siendo muy útiles en la mayoría de las zonas costeras. Los arbustos delicados también pueden cultivarse en contenedores para transportarlos a lugares resguardados o bajo cubierta durante lo más duro del invierno.

La exposición
Da igual que nuestro jardín reciba sol, sombra parcial o una sombra densa, siempre habrá un buen surtido de árboles y arbustos para elegir. Y lo que es mejor, la mayoría tolerarán una amplia gama de condiciones en las que crecer y desarrollarse. En esto no hay reglas infalibles ni inmediatas, pero en general las plantas que prefieren la sombra, como las fucsias, azaleas y camelias, soportarán posiciones soleadas siempre que tengan un aporte suficiente humedad. En cambio, las plantas que se cultivan al sol, como la mayoría de las nativas de la península ibérica, tienden a sufrir y a crecer larguiruchas y desgarbadas si se ubican bajo una sombra demasiado espesa, siendo esta mala situación mucho más difícil de compensar. Cuando se decide dónde colocaremos de una planta, ante la duda y como norma general, lo mejor es situarla en un lugar que sea más bien luminoso.

El suelo
El suelo es la base del jardín y uno de los elementos más importantes que lo conforma. Resulta de la mezcla casual de rocas y minerales con materia orgánica, interviniendo también seres vivos como insectos, hongos y bacterias. Para tener un jardín saludable y hermoso es necesario conocer las condiciones del terreno, si éste es ligero y arenoso o pesado por la arcilla y también si es más bien ácido o alcalino. El suelo normal es apropiado para la gran mayoría de las especies, aunque cada una tiene unas necesidades fuera de las cuales tendrá problemas de desarrollo. Algunas prefieren suelos secos, pobres y pedregosos, pero la mayoría crecerán mejor en tierra húmeda y bien drenada, con un abundante aporte de materia orgánica bien descompuesta. Se debe poner especial cuidado con el drenaje, son muchas las especies que no toleran el encharcamiento del terreno.

Casi todos de los problemas estructurales del terreno pueden ser corregidos con el tiempo y con esfuerzo, pero el PH subyacente, el que determina si el suelo el ácido, neutro o alcalino, es muy difícil de alterar de forma definitiva. La mayoría de los árboles y arbustos prefieren suelos neutros o ligeramente ácidos y deberíamos tener cuidado en no añadir demasiada cal, lo que aumentaría la alcalinidad, a no ser que nuestro suelo sea realmente muy ácido. Suelos neutros o moderadamente alcalinos pueden beneficiarse con la adición de fertilizantes de moderada acidez. En cambio, los suelos muy alcalinos son realmente difíciles de corregir. La cal es muy soluble y sale triunfante de casi todos los intentos de neutralización.

Si se vive en una zona de tierra caliza, sobre todo si esto se debe a la presencia de rocas calizas, el suelo puede ser un problema. Deberíamos aceptar esta gran limitación a la hora de elegir nuestras plantas. Conviene evitar aquellas plantas marcadamente acidófilas a las que les resultaría difícil crecer allí, como los pieris, camelias, azaleas o rododendros. Hay algunas formas de enfrentarse a la dominancia de la cal, como instalar camas de suelo elevadas o evitar la situación de plantas acidófilas en la parte baja del jardín, donde es más previsible que se acumule la cal. La mejor opción es instalar plantas que prosperen sin problemas en suelos alcalinos. Aunque tampoco está de más experimentar, son muchas las plantas que nos sorprenderán con su tolerancia y adaptabilidad respecto a las condiciones del terreno.

La plantación
Una vez elegido el sitio y las plantas que deseamos, hay que realizar los siguientes pasos como es debido. En cualquier tarea del jardín, cuanto más tiempo dediquemos a su preparación, más satisfactorios serán los resultados.

Si hemos escogido con el mayor esmero nuestro árbol o arbusto, también hemos de plantarlo con la misma dedicación. Sería absurdo plantar un árbol de gran valor en un agujero insuficiente. Cavaremos un hoyo que tenga unos 25 cm. más de profundidad y otros 25 cm. más de diámetro que el volumen de las raíces de nuestro árbol. Esto permitirá a la planta desarrollar enseguida nuevas raíces con las que asegurar su fijación y crecer más deprisa.

Si el terreno es pesado y arcilloso el agujero debe ser más amplio con mayor razón, para facilitar el drenaje y que las raíces no tropiecen enseguida con la dura arcilla. La mezcla de compost o materia orgánica con la tierra ayuda a mejorar su estructura y la retención de humedad. Las raíces de un árbol se extienden mucho más a lo ancho y en profundidad que las de los arbustos. Si no es posible añadirles suficiente materia orgánica para toda su vida, al menos debemos proporcionarles un buen comienzo.

Para el trasplante, primero debemos humedecer bien la tierra del contenedor. Luego extraeremos con cuidado el cepellón, sin tirar con brusquedad del tronco ni forzar demasiado para no romper una gran parte de las raíces. Si las raíces se han enrollado en el fondo del contenedor, las aflojaremos con suavidad.

Situaremos el cepellón en el agujero añadiendo tierra de plantación en el fondo hasta que la parte superior del cepellón casi alcance el nivel del suelo, quedando un poco más bajo para no dejar al descubierto las raíces superiores y facilitar la recogida de agua cuando se riegue. No deben quedar enterrados ni brotes ni las uniones de los injertos.

Para mantener la planta recta puede ser necesario colocar un tutor. Lo haremos hundiéndolo sin dañar las raíces y atándolo con cuidado al tronco para no causar rozaduras. Al año más o menos habrá que quitarlo, a la larga puede originar heridas en la corteza.

El agujero se rellenará cuidando que la tierra se introduzca bien entre las raíces. Después apisonaremos con el pie, pisando hacia afuera y con cuidado para dañar las raíces ni compactar la tierra en exceso. Si el árbol necesita sujeción es mejor estacarlo dejando la tierra suelta, que tanto trabajo nos ha costado. En zonas secas se puede rodear en hoyo de plantación con un alcorque, lo cual permitirá riegos más generosos al retener una buena cantidad de agua.

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