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TOMATES CINCO-DOBLE-CERO
Un relato de Pablo F.

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El joven alzó la cesta, pero Héctor sólo veía a Paula, que mostraba otra vez la amplitud de la dentadura sin reprimir unos saltitos de autómata de feria. Luego volvió a mirar los tomates: redondos, lustrosos, rojísimos, clase cinco-doble-cero.
- No los encontrará como estos, se lo digo yo. -Añadió el chico.
Y tenía razón. Más de un gourmet mataría por ellos. Tal vez por lo mal que habían comido o por su debilidad por la buena mesa, a Héctor se le hizo la boca agua viendo la pinta que tenían. Pero sobre todo, comenzó a derretirse al imaginar la cara que pondrían los vecinos del subsótano diecisiete, que siempre estaban restregando sus despilfarros en el telemercado. Se encajó la gorra, se quitó las gafas de sol y acercó la nariz a los tomates. A su lado Paula saltaba y afirmaba con la cabeza, presa de algo parecido a un tic, la coleta como una manivela desbocada.
- Está bien. -Héctor echó mano a la cartera.
El muchacho cogió la tarjeta y la pasó por un lector portátil que sacó de un bolsillo. En cuanto hubieron anotado la transferencia, el chico se levantó sin pronunciar palabra, y haciendo una pirueta sobre las balizas de la valla de plasma, desapareció a toda prisa entre los árboles.
Ellos cogieron el canasto y siguieron su camino bajo la inmensidad azul de la cúpula. Los pájaros vertían sus trinos alocados desde los árboles. Paula brincaba de alegría con su cesta del brazo. De vez en cuando paraba, mirando dentro con la misma ilusión de una madre que contempla a su nuevo hijo adoptivo. Mientras, Héctor resollaba sin alcanzarla y hacía cálculos de cómo equilibrar el presupuesto del mes. Al menos le quedaba el consuelo de imaginar la envidia rabiosa de los engreídos del diecisiete.
No habrían andado ni cien metros cuando encontraron a un señor sentado al borde del camino. Llevaba ropas e identificaciones a la usanza de los labriegos. Tal vez por su edad avanzada o lo áspero de su semblante, se hacía más patético que estuviera llorando. Alarmados, acudieron hasta él. El anciano, al verles, entre grandes sollozos, no hizo más que repetir que le habían robado. En un descuido, alguien se había llevado el fruto de muchos meses de trabajo.

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