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SÓLO SON PULGONES
Un relato de Pablo F.

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Así de bien armado, regresé al campo de batalla de mi casa. Mostré con orgullo el botecito a Margarita. Con él en la mano me sentía poderoso, devastador, letal. Ahora iban a saber quien era yo. Margarita se encogió de hombros y dijo que ya estaba la cena. Era casi de noche. La destrucción masiva debería esperar hasta que amaneciera.
Después de fregar los cacaharros, navegué un poco por la red. Por curiosidad, tecleé el remedio recién comprado. Enseguida saltó una página donde leí que era venenoso por ingestión, inhalación o absorbido a través de la piel, además de carcinógeno, alergógeno y se sospechaba que teratógeno. Y no acababa ahí la cosa, porque también era de alta persistencia, muy tóxico para toda la vida silvestre, incluidas las abejas, y no sé cuantas cosas más. Acongojado, continué la inmersión en el océano de la química. Me hizo gracia el DDT, que además de un tebeo de mi niñez, era un famoso pesticida. En tiempos avance de la ciencia, bandera del desarrollo, ahora lleva años prohibido. Dejé de sonreír cuando vi que todo el que se ha fabricado sigue ahí, en las aguas, en los campos y en nuestros tejidos grasos. Así, la mayoría de los alimentos, hasta los más naturales, orgánicos y ecológicos tienen restos químicos. Por no hablar de los que se producen al por mayor. El listado de venenos que consumimos es tan completo y peligroso como el que acabo de ver en las estanterías del vivero. Nada ni nadie se libra. Los tóxicos son ya algo tan íntimo, tan nuestro, que todos los llevamos a pequeñas dosis en la sangre.
Agobiado, salí al patio a respirar. La primavera dormía en la noche recién llovida. Margarita recogía el toldo. Con la luz huidiza de la esquina aún se veía algo del rosal invadido. Me acerqué a la plaga que continuaba a lo suyo, ajena a cualquier peligro. En el bolsillo encontré el recibo del insecticida. Con un poco de suerte todavía me devolvían el dinero. Antes de entrar, por última vez los vi afanarse, verdes, gordezuelos, diminutos, tiernos, indefensos.
Qué razón tenía Margarita. Sólo eran pulgones.

alegre pulgónotro pulgóny otro pulgón más

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