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MIRA COMO LLORA
Un relato de Pablo F.

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Luego siguió la oscuridad. Durante un tiempo tan largo que no creo que nadie pudiera medirlo, pero en el que cada día sin luz era insoportable, agudo y nítido como un clavo. Como si cada uno de esos clavos del féretro atravesara la madera hasta mi carne; sin otra compañía que mi desesperación y los mismos recuerdos en un giro continuo, en un torbellino que se mezclaba sin principio ni final. En vano esperé a Didw. No pudo o no quiso cumplir su promesa. Tampoco se lo reprocho. Lo último que quisiera es verle consumido así. A veces confundo el recuerdo de su cara, el color de sus ojos, dudo de cómo sonaba su risa o cómo olía su pelo y entonces sí que creo enloquecer dentro de esta locura.
En la oscuridad estuve hasta que volvieron los hombres. Entraron a golpe de martillo, derribando igual la piedra tosca que los relieves sagrados. Enseguida supe que eran distintos. No sólo por los ropajes extraños cubiertos de polvo o esa lengua enrevesada que tanto me ha costado entender. Venían con la piel abrasada y los labios quemados por el desierto, pero enseguida supe que había en ellos otra sed. La codicia brillaba en sus ojos grises sin ver más allá del oro, de las piedras preciosas que forraban las tablas de los sarcófagos. Cuando me abrieron igual que a un fardo en el mercado comprendí que tampoco traían la nueva vida.
Lo desmontaron todo y me sacaron de allí y luego fueron sus hijos y los hijos de sus hijos los que vinieron a verme, hombres y mujeres con la misma piel apagada, la misma mirada hueca de aquellos que se obsesionaban con hurgar en las ruinas, en los despojos de lo que fuimos. Desde esta caja transparente donde me encierran les veo pasar cada día. La mayoría ni siquiera se atreven a acercarse. Tanto les repugna lo que ven. Algunos vuelven a menudo y noto como envejecen y supongo que mueren, cuando ya ancianos un día no regresan. No saben lo afortunados que son. Enseguida ocupan su lugar otros que se les parecen, que tal vez vinieron de niños con ellos, pero que siempre se marchan cuando llega ese momento del atardecer que tanto temo, cuando dejan la noche para mi sola, para atormentarme a solas, con la única compañía de esa luz enferma y mi imagen en el cristal.
Veo en el cristal que del hueco donde estuvieron mis ojos nace un brillo, un hilo que recorre las mejillas, hundidas como betún reseco. Ahora entiendo lo que dijo la pequeña. Ese humor marchito hasta podría parecer una lágrima, o el recuerdo de una lágrima. Y la verdad es que no le faltaba razón. Es cierto que lloro. Mis ojos están secos y donde se abrieron mis labios, más dulces que los dátiles maduros, sólo queda un desgarro. Aún así, lloro. Lloro en silencio y sin tregua, lloro a cada momento con el único consuelo de esperar ese instante, cuando alguien se atreva a acercarse tanto como para contemplar de nuevo el cielo, aunque sólo dure un soplo, para volver a ver ese pedacito de cielo atrapado en sus ojos.

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