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ESTO NO ES AMÉRICA
Un relato de Pablo F.

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Cerca de primera portería había un corrillo fumando en el que reconoció la bata del médico y también al secretario del juzgado y al jefe de la policía. La hora se echaba encima, así que saludó de lejos y atravesó el campo todo lo deprisa que le dejaba el mareo.
- ¡Vamos, no se duerma! -dijo a su ayudante, que le seguía a trompicones con la bolsa y el saco.
Si miraba a lo lejos podía mantener el equilibrio e incluso caminar a buen paso. Cuando llegaron a la grúa grande el ayudante lo dejó todo en el suelo, bajo el gancho que se mecía a la altura de sus cabezas. Junto a la cabina esperaban los conductores de las grúas, pero ya no había tiempo de moverlas. Una algarabía de pájaros tenía tomada la alameda al final del campo. Las estridencias del mirlo comenzaron a marcar el ritmo y el señor Godrúm miró molesto hacia los árboles, como buscando más curiosos inoportunos. Luego se inclinó sobre el saco, pero el vértigo estuvo a punto de hacerle caer.
-Haga el favor de alcanzarme la soga –dijo.
Mientras se enderezaba despacio y respiraba hondo, el ayudante desenredó la cuerda. El señor Godrúm resopló al encontrarse otra vez con aquel color rosa, más escandaloso cuanto más amanecía. La chaqueta le tiraba y le costó subir las manos para atar la cuerda al gancho. Pero así, en pie y sin mover demasiado la cabeza, no se manejaba mal. Arriba, el brazo hidráulico se recortaba contra un azul espeso y despejado que anunciaba un buen día. En el otro extremo de la cuerda hizo un lazo corredizo que abrió y cerró varias veces. Tiró de él para probar su resistencia y lo dejó colgando. Había llegado más gente que rodeaba el campo. Los guardias voceaban y corrían de un lado a otro para contenerlos detrás de las vallas.
- La otra cuerda -gritó a su ayudante, que miraba a la muchedumbre con las manos en los bolsillos y la boca abierta.
El ayudante le siguió con la soga arrastras hasta la grúa pequeña. Aquel camión viejo y desconchado era todavía más triste de cerca. El señor Godrúm ató la cuerda al gancho con rapidez. Empezaba el lazo corredizo cuando escuchó un murmullo y vio abrirse la multitud. La luz de las sirenas se mezcló con el polvo de los tres coches de la policía que entraban sin reducir la marcha. Resopló con la cuerda resbalando en las manos. No atinaba con las vueltas, el nudo se le deshizo. Al agachar la cabeza el suelo giró y para no caer tuvo que agarrarse a la cuerda atada al gancho. Balanceándose así sujeto sintió un extraño escalofrío. Se enderezó deprisa, respiró con calma y empezó otra vez el nudo. Los coches ya estaban detenidos en el centro del campo cuando consiguió terminarlo. Cogió las capuchas e hizo un gesto al ayudante para que alcanzara las correas. Todavía faltaban once minutos. Se puso pálido cuando vio las capuchas llenas de polvo de harina. También se había manchado el traje. El señor Godrúm se sacudió mientras los guardias comenzaban a bajar de los vehículos. Después esperó erguido y mirando de frente. Así el mareo era casi soportable.

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