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ESTO NO ES AMÉRICA
Un relato de Pablo F.

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El señor Godrúm descubrió por tercera vez el reloj que congestionada su muñeca. A menos de cuarenta y siete minutos para la hora el coche no aparecía. Cuando quisieran llegar, ya habrían entrado las grúas en el campo de fútbol y sin él allí las habrían puesto de cualquier manera. Continuó los paseos cada vez más rápidos frente al portal de su casa. Delante del escaparate del zapatero se estiró el faldón de la chaqueta, corta de atrás y con los botones que apenas llegaban a la cintura. Maldecía a la tintorería cuando el suelo se tambaleó y tuvo que apoyarse en la fachada. Con el pañuelo se frotó las mejillas orondas, el bigote bien recortado. El olor de la loción de afeitar le mareó todavía más. Levantó la cara en busca del aire. Aún de noche, ya se intuía el cielo entre los enjambres de antenas de los tejados. Poco a poco se disipó el vértigo y se atrevió a caminar hasta el bordillo.

Grúa

Buscaba el reloj cuando apareció el coche por la esquina rechinando las ruedas. Aceleró hasta llegar a la altura del señor Godrúm y se detuvo con un frenazo que le hizo saltar hacia atrás. Enseguida le envolvió la humareda gris que le perseguía. Era un automóvil antiguo, blanco y aparatoso, que se inclinaba de lado. El ayudante se bajó, puso un codo sobre el techo y enseñó una sonrisa llena de huecos de la que colgaba un cigarrillo.
- ¡Buenos días, señor Godrúm! -dijo.
- ¡Apague eso! -chilló el señor Godrúm-. Llega diecinueve minutos tarde.
- ¿No me diga? -el ayudante escupió el cigarrillo y se miró asombrado la muñeca, aunque no llevaba reloj-. Culpa de la batería -dijo. Ya sabe que estos viejos trastos del ministerio...
- ¿Lo ha traído todo? -le interrumpió el señor Godrúm.
- Pues claro. Ahí lo tiene, en el asiento.
El señor Godrúm entró resoplando en la parte trasera. Miró el reloj y vio que sólo faltaban cuarenta y tres minutos. El ayudante ocupó su lugar a saltitos. Tosió encorvado sobre el volante, arrancó e introdujo la marcha con mucho ruido. En ese momento se escucharon gritos que venían de arriba:
- ¡Nadín, Nadín!
El señor Godrúm bajó la ventanilla, miró la acera desierta y levantó la cabeza ruborizado.
- ¿Qué pasa ahora? -dijo sin alzar la voz.
Asomada a una ventana del primer piso, una mujer pálida se sujetaba el cuello de la bata.
- No te olvides de ver al doctor cuando termines.
El señor Godrúm agitó una mano por respuesta y subió la ventanilla.
- Y tráete el pan -escuchó antes de cerrar.
Con un soplido dejó caer su corpachón en el asiento. Empezaron los bamboleos al compás de los baches, frente al único paisaje del cuello flaco y renegrido del ayudante. Aún se sentía mareado, pero era soportable. Junto a él había una bolsa de deportes naranja. Según su reloj faltaban menos de cuarenta y un minutos. Preocupado por cómo se encontraría las grúas, abrió la cremallera de la bolsa. Sacó dos capuchas negras. La tela era nueva, brillante. Una vez comprobadas las costuras, se colocó una en la cabeza. Le estaba justa y eso que él no era de cabeza grande. Aunque no tenía agujeros, podía ver las luces de la calle a través de la tela. Se la quitó indignado y se probó la otra. Todavía más pequeña, le comprimía la frente y la nariz. Apartó con rabia las capuchas sobre el asiento. Después fue sacando a tirones de la bolsa hasta seis correas de cuero con hebillas metálicas. Algunas correas tenían manchas endurecidas y dos de las hebillas estaban flojas.
- ¿No ha traído correas de repuesto? -dijo mientras revolvía el fondo de la bolsa.
- No lo sé. Eso es lo que me han dado -respondió el ayudante.
El señor Godrúm apretó los labios, movió la cabeza y lo guardó todo. Cerró la cremallera y de pronto se quedó mirando la bolsa con espanto.
- ¿Dónde están las cuerdas? -la papada le tembló al coger un bache.
- En el saco -dijo el ayudante vuelto hacia atrás.
El señor Godrúm recibió en la cara un soplo de licor, pero no dijo nada. A los pies del asiento había un saco de tela basta. Lo alzó y tuvo que voltearlo para encontrar la abertura. Apareció una soga gruesa y rosada, de un rosa chillón, plástico, casi fluorescente.
- ¿Y esto? -preguntó con la punta de la cuerda en la mano.

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