El fruto es redondo, recubierto de púas, contiene tres semillas brillantes y moteadas. Al secarse, la cáscara del fruto dispara las semillas a varios metros de distancia. De las semillas se obtiene el aceite de ricino, conocido purgante de desagradable sabor que además tiene aplicaciones cosméticas e industriales. Incluso hay quien utiliza estas semillas contra el mal de ojo.

Las grandes hojas palmeadas del ricino
Variedades:
Ricinus communis “gibsonii”, las hojas nuevas tienen un color púrpura brillante, las maduras son de color bronce oscuro.
Ricinus communis “sanguineus”, con el follaje de color cobrizo.
Ricinus cambogensis, tiene los tallos de un color rojo muy oscuro.
Ricinus communis “zanzibarensis”, de aspecto tropical, más grande que el ricino común y con las hojas verdes y veteadas.
Originario: de la India y de los trópicos africanos.
Situación: a pleno sol o con algo de sombra. En zonas templadas, sin fríos extremos y sin heladas, como en Canarias o las zonas costeras mediterráneas. A resguardo del viento o asegurado con un tutor. En cualquier tipo de terreno, mejor si son muy fértiles.
Cultivo: se utiliza como especie ornamental por sus hojas y por sus flores. Crece muy rápido. Resistente a la falta de agua. Agota el terreno con rapidez, por lo que debe abonarse de vez en cuando.
Multiplicación: mediante las semillas, ablandadas previamente en agua durante dos días.
Poda: no es necesaria. Como mucho retirar las hojas marchitas y los restos de los frutos cuando se han secado.
Problemas: toda la planta es tóxica, sobre todo las semillas, que contienen ricina, una albumina que las hace muy venenosas. El consumir sólo un puñado puede ocasionar la muerte. Se debe mantener a los niños y animales domésticos alejados de las semillas. En algunas regiones se la considera especie invasora.