Los
bulbos son raices carnosas que funcionan como reservas energéticas
para la planta. Suelen dar buenos resultados con poco trabajo. Pueden
estar al sol o a la sombra, siempre que el suelo no tienda a encharcarse.
Pueden colocarse en recipientes o en el suelo y son utilizados aislados,
como mancha de color, o mezclados con otras flores. Hay especies enanas
muy adecuadas para la rocalla.
El
suelo será preferentemente
suelto y bien drenado, para que no encharque. Si se añade materia
orgánica ésta debe estar ya bien descompuesta cuando se
planten los bulbos.
Se
plantan enterrándolos a una profundidad que
será el doble de lo que mida el bulbo, con la punta dirigida
hacia arriba. La separación puede oscilar entre 10 y 20 cm.,
según su calibre.
El
riego y el abonado son más necesarios después de la floración, porque
es cuando los bulbos preparan sus reservas para la próxima temporada.
Se puede abonar con el agua de riego o con productos de liberación
lenta. Las flores se eliminan según se vayan marchitando, para
evitar que consuman recursos.
Extracción
y almacenamiento: Cuando
todas las hojas estén marchitas se cortan las partes aéreas
y se sacan del suelo los bulbos. Se deja que se sequen durante un par
de días y luego se guardan en un sitio protegido, sin luz, fresco
y seco, dentro de turba o envueltos en papel de periódico. Antes
de plantarlos el próximo año habrá que revisarlos
alguna vez por si alguno se pudre y entonces retirarlo antes de que
afecte a los demás.